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Viernes, 14 de abril de 2006
La memoria suele jugarnos en contra. Nos lleva por laberintos de hechos que nos dejan intrigados sin solución
Apenas recuerdo el hecho. Fue cuando mi niñez temprana.
Aún pasaban por las calles carros tirados por caballos. Generalmente, los conducían pobres cuyo modo de subsistir era vendiendo de casa en casa.
El verdulero que tenía un carro, solía aparecer en épocas del maíz, o de las sandías y melones.
Llegaba más o menos a media mañana voceando su mercancía. Prolongaba algunas sílabas como la gente del campo en nuestra zona: sááááááááaaaaaaaaaandia, melooooooooooooones! en verano. En otoño el anuncio se acortaba para repetirlo dos o tres veces choclo, choclo choclooooooooooooo!
Y las vecinas salían todas a esperarlo.
La señora de Molinero estaba en la puerta usando su delantal de cocina.
Se acercó a al orilla de la vereda esperando que el verdulero avanzara hasta ella.
El caballo tomó impulso, adelantándose. Y con un movimiento feroz, le tomó el brazo a la mujer, a la altura casi de los hombros y no se lo soltaba. La mujer gritaba y sus ayes se juntaban con los del vecindario y el verdulero que no sabía qué hacer.
El caballo se enfurecía más, y sacudía a la pobre sin miramiento hasta que logró arrancarle un pedazo.
No sé qué pasó luego, porque mi niñera me arrastró al interior de casa.
Sí recuerdo que cuando fui a jugar con la hija de la señora de Molinero, lo primero que hice fue mirar su antebrazo. Estaba intacto. No me hice demasiadas preguntas. A los cuatro años uno tiende a aceptar cualquier cosa y seguramente habré creído que ya se había curado.
Lo cierto es que durante mucho tiempo, temí acercarme a los caballos.
Tampoco en el barrio alguien recuerda el hecho.
Por: Diana Laura Caffaratti | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Las calles de mi pueblo por entonces eran de arena pero en primavera eran de arena y viento. Recuerdo que el lechero no voceaba su mercadería pero el ruido de los tarros al golpearse lo identificaban. Don Carlos se llamaba el lechero y era de Lavalle, un pueblo rural antiquísimo a unos setenta kilómetros de casa.
El carro tirado por un solo caballo siempre me hizo gracia. Era largo y tenía ruedas neumáticas (por entonces, con cuatro años de edad, no entendía que en la arena las únicas ruedas posibles eran las neumáticas).
De Don Carlos sólo recuerdo sus ojos celestes y su parada, que por otra parte llamaba la atención de todo el mundo. Adelantaba una pierna y quebraba la cintura, a continución apoyaba la palma de la mano sobre la pierna que había adelantado y así charlaba con la gente grande.
Sin embargo, lo que más recuerdo no son imágenes sino sonidos. Recuerdo el golpe de los tachos, el ruido de la cadena que ataba la tapa no del tarro grande, sino del de servicio, con el que vertía la leche en el vaso de zinc de medio litro de capacidad antes de pasarlo a la olla de la doña.
Sí, una imagen blanca y negra recuerdo: la leche espumosa saliendo de la caverna oscura del tarro.
malambo | 15-04-2006 17:23:29