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Miércoles, 12 de abril de 2006
En cualquier momento nos sorprende
Esa noche tenía la mente tan perceptiva que se le ocurrió que si contaba las miríadas de gotitas que el rocío había dejado sobre el "capó" de su automóvil no se le escaparía ni una.
Siguió la línea que colgaba, acuosa por los costados del techo hacia la ventanilla del volante. Vacilaban en su andar, hasta unirse en un vértice del cristal. Ahora una sola línea, más pesada, marcaba una huella sobre el polvo acumulado en la chapa de la puerta.
Fregaba sus manos una contra la otra como queriendo calentar el cuero de sus guantes, de su piel, de sus nervios, músculos, y huesos.
El frío era tan profundo, que sentía cómo su sangre se congelaba y esforzaba al corazón para cumplir con sus continuos vitales.
Sintió mareos. Náuseas. Hasta el interior de su boca llegó un sabor agrio y quemante. Se agachó repentinamente, con movimientos espasmódicos, sujetándose el vientre con fuerza, mientras las arcadas se arrojaban como el ruido de un volcán en erupción.
La sien estaba atrapada en una cinta lacerante. Le introducía agujas que atravesaban su cráneo.
Cuando intentó incorporarse, una nueva sensación de náuseas le sobrevino y volvió a tener los gestos defensivos de recién, tan inútiles en el intento por calmarse.
El suelo era un péndulo bajo sus pies.
Tanteó en el interior de su sobretodo buscando el pañuelo perfumado. Lo acercó a su nariz y aspirando, sintió algo de alivio.
Apoyó toda su humanidad, de espaldas, en el auto. Incómodo, enfermo, alcanzó el llavero con sus iniciales que colgaban de su cinturón de marca selecta.
En el interior de su cerebro, percibía la electricidad de su actividad y los chispazos que de ella emanaba quemándolo en ínfimos puntos. Iba a volverse loco.
El llamado en su teléfono celular lo sobresaltó.Como pudo, alcanzó a encender el aparatito pero no habló. Un nuevo estremecimiento, una convulsión horrorosa, y llaves y teléfono cayeron y rebotaron a pocos metros.
Esta vez, cayó sobre el pavimento.De cara al barro acumulado en la rueda del coche, abría sus ojos con mirada de pavor.
Alrededor, iban acumulándose curiosos de mirada tan gélida como el aire de esa noche.
Le dolía la nariz.
Y le dolía la vergüenza.
Giró su cuerpo para sentarse. Un calorfrío le atravesó el espinazo como un rayo.A duras penas pudo incorporarse nuevamente.
Nadie hizo un gesto para alcanzarle las llave y su celular que sonaba intermitentemente.
El público empezó a retirarse con muecas de desprecio. Nadie mostraba piedad.
Le ardían las lágrimas. Estaban despellejándole el alma.
Con actitud vencida, distinguió en el espacio denso de la niebla, una imagen que parecía avanzar hacia él. Se sintió pequeño.
La nieve se había acumulado durante el resto de la noche.
Cuando los municipales comenzaron a liberar las calles de los montículos blancos, descubrieron al hombre congelado.
Sus brazos extendidos hacia la nada fueron quebrados para ubicarlos en el féretro.
Por: Diana Laura Caffaratti | Literarias | Comentarios (1) | Referencias (0)
Muy buen relato. Tan real que crees ver a la persona congelada. En un escenario simple un pèrsonaje muy bien descripto. Te felicito. Heidi
heidi rotulo | 13-04-2006 20:32:42