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Domingo, 12 de junio de 2005
"Crick ha desatado la madre de las batallas entre la ciencia y la religión",
Norberto FirpoRigurosamente incierto Teoría del alma
El científico británico Francis Harry Compton Crick obtuvo el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1962, por haber descubierto la doble estructura helicoidal del ADN (tómelo con calma: ácido desoxirribonucleico), pero aun así es un desalmado. Insiste en que el alma, o esa sustancia incorpórea que los poetas también llaman espíritu, no es más que un conjunto de neuronas que chisporrotean caprichosamente, de cuando en cuando, en el cerebro.
No sólo eso: escribió un libro desalentador, La búsqueda científica del alma, en el que propone que las tribulaciones del sentimiento, el psiquismo y las alarmas que cada tanto hace sonar la conciencia son apenas el producto de reacciones bioquímicas que generan esas atolondradas células nerviosas no bien se comunican entre sí, como si no tuvieran otra cosa que hacer.
"Crick ha desatado la madre de las batallas entre la ciencia y la religión", estalló la prensa de Londres, y el célebre biólogo y genetista, que el próximo miércoles cumplirá 89 años, respondió: "¡Oh, cuánto lo siento! Algún día la humanidad reconocerá que mis conclusiones son ciertas, así como alguna vez debió aceptar que la Tierra es redonda y vagabundea en un suburbio de la Vía Láctea".
Hay que admitirlo: los avances de la biología molecular deparan soponcios a granel, como el que provocó el descubrimiento de las claves ocultas del código genético, un asunto que explica por qué una persona es como es, lamentablemente, y cuánto pesan sobre ella los factores hereditarios.
Crick y muchos de sus colegas más jóvenes (aunque no menos irreverentes) coinciden en que ciertas zonas grises de la corteza cerebral son frecuentadas por unas células hipersensibles, diríase que sigilosas y subversivas, propensas a entablar complicidad con otras de la misma laya, que habitan un minúsculo escondrijo de la masa encefálica: el tálamo.
El neurobiólogo norteamericano Christopher Koch, catedrático en California y no menos prestigioso que su amigo Crick, se adhiere a la temeraria suposición de que tal contubernio regula el comportamiento ético, da origen a la conciencia y fundamenta la creencia del alma. A su entender, si el individuo escucha que su conciencia le gruñe o que el alma se le achicharra, es porque esas células se activaron y están armando flor de jaleo. Y si reaccionan de ese modo, alevosamente, es porque el individuo contravino a sabiendas algún comportamiento ético, o quizá varios.
Los científicos, en la actualidad inclinados a hurgar en las llagas de la fe y el dogma, no analizaron todavía si los rezongos del alma del bandoneón tienen idéntica génesis.
Con el tango, vean, mejor no se metan.
Por Norberto Firpo
Para LA NACION
Por: Diana Laura Caffaratti | botica | Comentarios (0) | Referencias (0)