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Domingo, 12 de junio de 2005
Imposible presagiar, por entonces, que los remolinos de la política sumirían al país en décadas de zozobra, con sus consecuentes aterrizajes de emergencia.
Norberto FirpoRigurosamente incierto Alas de mi patria
El film es una perfecta metáfora de la Argentina chapucera, dada a recurrir a malas artes y empellones para aguantar el presente, para ir tirando, como si el destino le impidiera todavía, a casi dos centurias de su nacimiento, elevarse sobre la faz de la Tierra como un ejemplo de próspera nación.
El film se titula Whisky Romeo Zulú y acaso Enrique Piñeyro, su director y protagonista, ex comandante de vuelo de la aerolínea LAPA, no haya pretendido que los desvencijados aviones que tripulaba constituyeran una metáfora del país contemporáneo. Pero, sin embargo, las evidencias documentales que allí expone conducen rectamente a que el espectador encuentre paralelos entre cuanto sucede en la cabina de los pilotos y la suma de espantosas circunstancias que la Argentina y sus pasajeros tuvieron y siguen teniendo que padecer.
Los pilotos comprueban una y otra vez que los aviones de esa compañía denuncian graves desperfectos, que uno y otro cable pelado hace sonar falsas alarmas, que la inseguridad ya trepó a las nubes cuando la nave aún carretea en la pista, con pocas ganas de despegar.
Película vigorosa y valiente, desnuda la indolencia y el siniestro desparpajo de autoridades empresariales y estatales, proclives a consentir que ciertos indispensables atributos de excelencia sean reiteradamente ignorados. Cuando la desidia pertinaz y el despiadado afán de lucro se acuestan juntos, es posible que engendren catástrofes como la ocurrida en el aeroparque porteño la noche del 31 de agosto de 1999.
Whisky Romeo Zulú cuenta hecho reales y recorre tan fatídico itinerario de corrupciones que bastaría un precoz diagnóstico político para establecer que esa infección era endémica: si el país puede semejarse a un avión surcando cielos turbulentos, cabe equiparar que sus turbinas merodeaban el descalabro, que sus tuercas y resortes sufrían fatiga extrema y que sólo ilusoriamente sus pasajeros –los argentinos– se creían embarcados hacia el Primer Mundo. La película, en fin, ofrece una prudente moraleja: para que una nave se sustente a sí misma y flote airosa, son condiciones básicas que sus técnicos y tripulantes acrediten idónea honestidad y ejerzan indispensable liderazgo intelectual.
Todo film lúcido y valiente es también una obra de arte, un mérito que, en abril de 1939, los críticos asignaron a la primera película nacional sobre el tema aeronáutico: en efecto, Alas de mi patria, dirigida por Carlos Borcosque y protagonizada por Enrique Muiño, promovió orgullosas ensoñaciones. Imposible presagiar, por entonces, que los remolinos de la política sumirían al país en décadas de zozobra, con sus consecuentes aterrizajes de emergencia.
Por Norberto Firpo
Para LA NACION
Por: Diana Laura Caffaratti | política | Comentarios (0) | Referencias (0)